Lo que debemos saber sobre la cirrosis hepática


En Chile, la cirrosis hepática originada por el alcohol está entre las primeras 10 causas de muerte. Es más, hace sólo un par de años en nuestro país se registraban más defunciones por esta enfermedad que por accidentes de tránsito.
¿En qué consiste la cirrosis? ¿Cuáles son sus factores de riesgo? ¿Tiene tratamiento? Ponga atención a este artículo porque resolveremos las dudas más frecuentes.
La cirrosis hepática es una enfermedad crónica difusa del hígado, caracterizada por la presencia de fibrosis y por la formación de nódulos de regeneración que conducen a una alteración de la arquitectura vascular, así como de la función hepática.
La fibrosis es consecuencia del proceso de cicatrización que producen las lesiones inflamatorias que ocurren en el hígado (por diferentes causas), de manera que con el tiempo el hígado se convierte en un órgano con gran cantidad de tejido cicatrizal que altera por completo su estructura.
Como consecuencia, dado que el hígado se regenera, las células nuevas -generadas para sustituir a las desaparecidas- no pueden colocarse en el lugar adecuado y se sitúan donde les permite la trama de cicatrices que surca el hígado. Por este motivo se habla de nódulos de regeneración, por encontrarse grupos de células hepáticas formando nódulos rodeados de fibras colágenas (de cicatriz).
Existe una gran variedad de enfermedades y afecciones que pueden dañar al hígado y provocar cirrosis; entre ellas están:
• Alcoholismo
• Hepatitis virales crónicas (Hepatitis B, Hepatitis C)
• Causas inmunitarias (hepatitis autoinmune)
• Causas genéticas cono la hemocromatosis (acumulación de hierro en el cuerpo) o la enfermedad de Wilson (acumulación de cobre en el hígado) y la fibrosis quística.
• Enfermedad hepática no alcohólica (hígado graso o esteatosis)
• Obstrucción crónica de la vía biliar (congénita, iatrogénica, cálculos, tumores, colangitis esclerosante primaria)
• Cirrosis cardíaca (por insuficiencia cardíaca derecha)
• Algunos medicamentos (metotrexato)

¿Cómo reconocer sus síntomas? Para esto debemos diferenciar los dos tipos de cirrosis que existen: Cirrosis compensada y cirrosis descompensada.
Si la enfermedad está compensada, los pacientes pueden no presentar ningún síntoma durante años o bien presentar síntomas inespecíficos como inapetencia, debilidad, fatiga y pérdida de peso.
Cuando aparece alguna complicación mayor hablamos de cirrosis descompensada; dentro de éstas encontramos las siguientes seis, con sus respectivas presentaciones clínicas:
a) Ascitis: Presencia de líquido libre en la cavidad peritoneal que produce un abombamiento del abdomen cuando sobrepasa los dos litros.
b) Peritonitis bacteriana espontánea: Es la infección del líquido ascítico acumulado en la cavidad abdominal; puede presentarse con dolor abdominal, fiebre y shock séptico.
c) Encefalopatía hepática: Se presenta con síntomas tanto neurológicos como psiquiátricos: alteración del sueño, confusión mental, euforia, trastornos del lenguaje entre otros.
d) Várices esofágicas: Generalmente se presentan como una hemorragia digestiva alta, que suele ser la complicación más común de la fase descompensada de la cirrosis, y una de las más graves pues tiene una tasa de mortalidad inicial de 50 por ciento de los casos.
e) Síndrome hepatorrenal: Corresponde a falla renal en un paciente con enfermedad hepática avanzada.
f) Carcinoma hepatocelular: Es frecuente en la evolución de los pacientes con cirrosis, independiente de la etiología de la cirrosis. Y atención, porque los cirróticos tienen 20 por ciento de posibilidades de desarrollar cáncer hepatocelular a los cinco años de evolución). El paciente puede presentar síntomas como dolor abdominal, saciedad precoz, ictericia (coloración amarillenta de piel y mucosas) o presencia de un tumor palpable abdominal.

En cuanto al tratamiento, éste depende de la causa y de la extensión del daño hepático. Sin embargo, el objetivo principal es hacer más lenta la progresión del tejido cicatrizal en el hígado y prevenir y tratar las complicaciones de la cirrosis. El tratamiento se puede esquematizar así:
a) Cambios en el estilo de vida
• No beber alcohol.
• Tener una dieta saludable, baja en sal, grasa e hidratos de carbono simples.
• Vacunarse contra enfermedades como la influenza, hepatitis A y B, y la neumonía por neumococo.
• Hacer ejercicios físicos en forma regular.
• Controlar los problemas metabólicos subyacentes, si los tiene, como diabetes y colesterol alto.

b) Medicamentos recetados por su médico, según cada caso:
• Diuréticos, para tratar la ascitis y acumulación de líquido.
• Vitamina K para prevenir sangramiento.
• Medicamentos para la confusión mental.
• Antibióticos en caso de infecciones.
• Inmunosupresores (para las cirrosis de origen autoinmune).
• Complejos vitamínicos en caso de estados carenciales (vitamina B, C, ácido fólico).

c) Tratamiento de la complicaciones mayores :
• Ascitis: Dieta hiposódica, diuréticos, paracentesis (extracción de líquido de la cavidad abdominal, por aspiración con aguja)
• Várices esofágicas (propanolol, ligadura de várices sangrantes por endoscopía)
• Encefalopatía hepática (lactulosa y antibióticos no absorbibles como neomicina, metronidazol).
• Peritonitis bacteriana espontánea: Antibióticos (cefalosporinas de 2° y 3° generación, por vía IV) y seroalbúmina humana.
• Cáncer hepatocelular: Cirugía o trasplante hepático según el caso.

d) Trasplante hepático: En los casos avanzados de cirrosis, es decir, cuando aparecen las complicaciones mayores de la cirrosis (ictericia, ascitis, várices sangrantes, encefalopatía hepática, disfunción renal, cáncer de hígado o insuficiencia hepática), un trasplante hepático puede ser la única opción de tratamiento. Un trasplante de hígado reemplaza el hígado enfermo por el hígado sano de un donante fallecido o una parte del hígado de un donante vivo.

Es por esto que debemos poner atención a nuestra alimentación y hábitos de vida, sobre todo si presentamos algunos de los factores de riesgo de la cirrosis. No olvidar que esta enfermedad ha sido una de las principales causas de muerte en nuestro país, ubicándose solo después de las enfermedades isquémicas del corazón y las enfermedades cerebrovasculares, con una tasa de mortalidad de 24,11 por cada 100.000 habitantes (excluyendo el cáncer hepatocelular).
No espere más tiempo, consulte con su médico, realícese los exámenes y prevenga las complicaciones.