Raquel Gálvez lavaba ropa en el patio de su casa cuando sintió llorar a su hijo de dos años, Patricio. Instintivamente acudió a él, pero éste ya estaba a su lado tapando uno de sus ojos con sus manos. El niño se había quemado al encender un fósforo.
La joven madre, estudia para ser contador auditor y esporádicamente trabaja. Vive en la comuna de Maipú con su mamá, un hermano y la abuela materna, ésta última sufre principio de Alzheimer y olvidó dejar la caja de cerillas fuera del alcance de Patricio.
Al despertar de su siesta, el niño salió de su habitación en búsqueda de un adulto. Al llegar a la cocina lo distrajo la presencia de los fósforos. Los tomó del mueble y copió la acción de sus familiares. Seguramente, narra su madre, el fuego le llamó la atención y se lo llevó a la cara.
“Tuve mucho miedo, pánico. Él no abría el ojo y le faltaban varias pestañas. Me pasé mil películas como que podría tener algo adentro o que perdería el ojo”, cuenta Raquel.
Patricio no permitía a su madre evaluar que tan profunda era la quemadura. Sin embargo, tampoco sabía como proceder y consultó a Help. La enfermera que atendió el llamado de emergencia “dijo que me calmara, que no mojara la herida, tratara que mi hijo no se tocara porque se podría infectar y que una ambulancia iba en camino”.
A los 15 minutos llegó el equipo médico, atendieron a Patricio en su pieza y dijeron a su madre que se trataba de una quemadura superficial. Le hicieron limpieza con suero y recetaron algunos medicamentos.